viernes, 9 de noviembre de 2012

Dulces consecuencias: capítulo tres








Los pasos de Maya retumbaron en los pasillos vacíos del instituto. Había llegado con una hora de anticipación a petición del director Benson, que se había tomado la molestia de madrugar e ir a buscar a Amanda a la consulta.

Maya intuía la naturaleza de su requerimiento, lo estaba esperando desde el mismo instante en que la policía descubrió su fechoría. Y es que al parecer todo el pueblo se sentía con derecho y libertad para amonestarla. La señora Williams se había sentido en la obligación de meter un montón de folletos de la institución militar Stem en su buzón y su marido, esperándola de brazos cruzados bajo el marco de la puerta, había gritado como un poseso cuando Maya salió y la descubrió en plena faena.

—¡Margaret —dijo con las orejas enrojecidas y sin dejar de vigilar cada movimiento de Maya—, vuelve aquí ahora mismo!

Genial. Ahora además de ser la nueva chica mala de Lodden, también era considerada peligrosa.

Maya presionó la carpeta marrón con la que había sustituido el dichoso bolso rojo y apuró el paso en dirección a la oficina principal. Tocó el cristal suavemente, anunciándose, y abrió la puerta.

El despacho olía a café y a pasas. El director la esperaba sentado detrás del escritorio sosteniendo un grueso libro de filosofía con una mano y una taza de porcelana con la otra.

—¡Ah! Buenos días, señorita Conelly. Tome asiento, por favor—la invitó, mientras se limpiaba la barbilla con una servilleta de tela blanca. Maya lo hizo con la misma aprensión que el día anterior, y eso que esta vez sí sabía qué esperar. —Supongo que ya sabe el porqué está aquí.

Maya reprimió las ganas de rodar los ojos.

¿No era obvio? Seguro que no estaba allí por su sobresaliente en literatura.

Algo había cambiado dentro de ella desde la noche anterior, aunque no se sentía precisamente a gusto con ello. El sentimiento de culpa persistía, por supuesto, pero también había alivio y algo sospechosamente parecido a la paz, consigo misma y con los demás. Quizás tenía que ver con que la justicia pertinente ya hubiera tomado una decisión en cuanto al castigo necesario y también su madre, por lo tanto no podía aceptar más críticas sin que su orgullo de adolescente se rebelara.

Aun así asintió sumisa y cruzó las manos sobre las rodillas.

—Tengo una pregunta para usted, Conelly. Y me gustaría que la respuesta fuera totalmente sincera.

—Claro.

El director Benson se puso en pie haciendo chirriar la silla de madera y cuero, le dio la espalda y se quedó mirando por la ventana. Cuando habló, su voz, usualmente aguda y desagradable, había adquirido tintes desconocidos para Maya.

—¿Estuvo su…problema de ayer relacionado con nuestra conversación?

Maya pestañeó aturdida. No sabía a dónde quería llegar.

—Yo…no sé exactamente qué decirle, señor.

—Dígame la verdad—solicitó volviéndose para encararla.

—Supongo que, en parte sí, tuvo algo que ver—reflexionó encogiéndose de hombros.

El director cerró los ojos un instante y tragó saliva. Maya nunca le había visto comportarse de una forma tan extraña. Seguía sin entender su apuro; él no había hecho nada, toda la culpa recaía directamente sobre ella que era la que se había dedicado a robar cajas registradoras.

—De todas formas no tengo excusas, ya lo sé—se apresuró en añadir. —Puede que lo que me dijo ayer afectara mi actuación pero, repito, soy consciente de que no es un pretexto.

—No, no lo es—murmuró el director con la mirada perdida en un punto lejano, detrás de la cabeza aturullada de su alumna. Más que seguir la conversación parecía hablarse a sí mismo.

Maya todavía estaba tensa y a la espera de las reclamaciones y los gritos, solo que estos nunca llegaron.

—De todas maneras, no era por eso exactamente por lo que quería hablar con usted—continuó retomando esa actitud huraña y desdeñosa que todos conocían tan bien. Tomó asiento, carraspeó y ordenó una pila de papeles de aspecto oficial. —La situación es la siguiente, Conelly: su acto tuvo consecuencias y una de ellas son los murmullos constantes, que se harán más persistentes si usted simplemente continúa con su rutina normal.

Maya esperó, todavía cavilando acerca de las extrañas maneras de su interlocutor.

—He sido informado del castigo que ha recibido y me parece bien—asintió, entrecerró los ojos y se inclinó hacia delante —, pero eso no quiere decir que el instituto no vaya a tomar cartas en el asunto.

—Lo entiendo—aceptó Maya, que ya había sospechado algo así.

—Bien. Puesto que las clases están a punto de acabar me temo que lo más correcto, considerando su situación, es que no regrese al instituto hasta el año que viene.

—¡¿Qué?!—inquirió Maya, sobresaltada. ¿Qué quería decir con eso, que la obligaban a esconderse para no alentar más los cotilleos? —Pero…

El director la cortó con un seco gesto de advertencia.

—Es lo mínimo que debo hacer—zanjó. —Y me temo que nuestra conversación de ayer sigue en pie, usted y su hermano no podrán regresar al centro escolar el próximo curso a menos que la deuda sea saldada.

Maya no pudo soportarlo más, se puso en pie y recogió la carpeta del escritorio. Ella había pensado en que añadirían otro castigo a lista, no en una patada en el trasero.

—¿Algo más? —preguntó más alterada de lo que le habría gustado.
El señor Benson la sopesó un momento con la mirada, sus ojos velados brillando con un sentimiento indescifrable, después negó lentamente con la cabeza.

—Puede retirarse.

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Así que eso era todo. La apartaban como a la oveja negra del rebaño, la exiliaban para no incitar a otros a seguir sus pasos, la repudiaban.

Lo habría entendido de haber perpetrado el robo en el instituto pero que ella supiera, la caja registradora del señor Li no estaba catalogada como material escolar. Además, el asunto había sucedido después de las clases por lo que no tenían ninguna razón legal para echarla de esa manera.

Lo peor de todo era que no tenía ninguna forma de quejarse por la injusticia. En ese momento la mala era ella y el mundo entero se había convertido en su victima inocente.

Comenzó a bajar echando chispas la empinada cuesta del instituto en dirección al pueblo, el uso del coche había sido el primer privilegio extirpado por su madre. Ni siquiera había tenido ánimos para recoger lo poco que quedaba en su taquilla.

Un pitido estridente llegó hasta sus oídos.

Maya tardó un momento en percatarse de que venía de su teléfono móvil. Tenía un nuevo mensaje.

¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¡Mi madre me ha prohibido volver a verte! ¿Podemos quedar?

Xoxox

Nel.

Maya estuvo tentada de estampar el móvil contra el recalentado asfalto pero en vez de eso abrió un nuevo texto y tecleó con fiereza:

Luego.

Encontró la casa vacía para variar, agarró una jugosa manzana roja del frutero de madera que adornaba el centro de la mesa de la cocina y se fue a su habitación entre violentos mordiscos. Cambió su uniforme escolar por un par de vaqueros negros, una camiseta rosa con cuello de barco, zapatillas de tela gris y un cinturón de cuero con pequeños eslabones metálicos. Soltó su larga melena castaña y la sostuvo en su lugar con una ancha diadema de cachemir.


Usualmente no dedicaba mucho tiempo para arreglarse a no ser que la ocasión exigiera lo contrario, pero esta vez quería mantenerse ocupada y se entretuvo lo suyo cepillándose el cabello y mirándose en el espejo. Aunque a decir verdad no estaba precisamente atenta a lo que hacía. Simplemente usaba su memoria automática para seguir en movimiento.

Decidió que, ya que no le permitían finalizar el año escolar, podía empezar con sus horas comunitarias antes de lo acordado. No le apetecía especialmente salir a la calle y convertirse en un blanco humano, pero se convenció a sí misma de que quedarse en casa y esconderse tampoco era una opción.


La comisaría se alzaba entre la panadería “La Maison des Délices “y un minúsculo descampado con una larga fila de grandes contenedores de basura. La mezcla de olores: los cálidos y exquisitos de los pasteles y el pan recién hecho contra la putrefacción dulzona de los desperdicios de medio Lodden, espesaban el aire.

Maya atravesó sin respirar las puertas automáticas de la estación policial y se dirigió directamente hacia Sally.

—Necesito hablar con el sheriff White, por favor—anunció.

Sally apartó la vista de la pantalla del ordenador y enarcó una de sus perfiladas cejas con sorna.

—¿Tiene cita u otro robo que confesar?

Maya estalló.

—Tengo que hablarle acerca de ciertos comportamientos obscenos en la vía pública. Parece ser que una secretaria que yo conozco se dedica a meterse mano con el entrenador Mason en los bancos del parque—siseó entre los dientes apretados con una sonrisa desquiciada estirándole las comisuras de los labios.

Sally enrojeció violentamente pero no tuvo tiempo para replicar, el sheriff salió de su oficina con el periódico del día en la mano.

Maya tintineó con los dedos sobre el escritorio de Sally y llamó la atención del jefe de policía, que pestañeó ante la presencia de la joven y bajó el diario.

—¿Puedo hablar un momento con usted? —preguntó suavemente.

Tras asentir en silencio le permitió acompañarle a través del largo pasillo gris hasta la maquina de agua.

Maya le contó a grandes rasgos sobre su expulsión del instituto. Nick White no emitió opinión ninguna acerca de lo ocurrido, pero la escuchó con atención.

—No pretendo quedarme en casa sin hacer nada. Quería pedirle que me dejara comenzar con el trabajo comunitario lo antes posible, por favor—terminó con falsa despreocupación escondiendo las manos en los bolsillos traseros del pantalón.

Nick caviló un momento. No podía decirle a aquella adolescente, a todas luces desesperada, que todavía no había decidido dónde mandarla. Se le ocurrió una idea, era un poco cruel pero…

—Está bien. Mañana por la mañana yo mismo la llevaré al lugar por donde queremos que empiece.

—Mmm vale—dudó ella, llevándose a la boca la uña del pulgar. No le agradaba la idea de volver a subir en el coche de policía, los vecinos podrían llegar a la misma conclusión que Sally.

Criminal reincidente azota las calles de Lodden.

El sheriff pareció comprender el trasfondo de su tono apagado.

—Iremos en mi camioneta. No crea que el vehículo oficial está destinado a pasear a adolescentes rebeldes.

Maya ladeó la cabeza sin saber si debía sonreír y dar gracias o indignarse por ser catalogada como una especie de bomba hormonal. Soltó un indescifrable suspiro nasal y se despidió con un gesto de la mano.

—¡Póngase ropa cómoda! —gritó Nick antes de que desapareciera de su campo de visión.


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Las calles de Lodden estaban agradablemente vacías, el sol brillaba en lo alto recalentando las aceras e iluminando las ventanas de las viviendas. El mesón “El Centinela a Cuadros” presentaba los primeros signos de que el verano había llegado al pueblo, con las mesitas de la terraza al aire libre amontonadas en la puerta y preparadas para su posterior colocación.

Maya llegó a la desviación que se abría a la derecha en dirección al parque y a la izquierda hacia el camino de su propia calle y se mantuvo cercana a la sombra de los tejadillos de la zona comercial. No prestó especial atención al grupo de chicos amontonados en el césped natural detrás de la valla de hierro del parque.

Al menos no hasta que ellos comenzaron a silbarle groseramente.

—¡Eh mirad eso! ¿Te has perdido guapa?

—¿No es esa Maya Conelly, la hija de la enfermera? —escuchó.

—¡Sí, sí es ella! ¡Eh tú! ¿Por qué no vienes aquí y compartes los ositos de gominola que te llevaste del tugurio del señor Li?

Se echaron a reír como si la ridícula ocurrencia hubiera sido el colmo del ingenio. Maya ignoró los gritos y los ruiditos metálicos, como si aplastaran latas de cerveza con la frente, y apuró el paso. Entonces apareció un lento tráiler de mercancías y antes de que ella pudiera reaccionar el semáforo se puso en rojo para los peatones.

Maravilloso.

—¡No hace falta que corras nena, no somos peligrosos!

—¡Al menos no más que tú! —continuaron.

Qué irónico encontrarse al burro hablando de orejas. Esos imbéciles eran conocidos por ser los mayores sinvergüenzas de Lodden y se atrevían a burlarse de ella. Lo más alarmante era que al parecer les hacía gracia lo que había hecho; no estaban acusándola sino tratando de unirse a la broma.

—¿Creéis que la enviarán al CPM-Tex*? —preguntó uno de ellos antes de eructar ruidosamente, refiriéndose a la cárcel de menores del condado.

—¿Estás loco? Mírala bien Matt, se la comerían.

Maya estuvo de acuerdo, aunque no lo mencionó. Había visto fotografías y reportajes televisivos sobre las chicas que iban a ese tipo de sitios.

Daban miedo.

—Diablos si no se la comen ellas, me la como yo—anunció una voz que a Maya se le antojó conocida.

Fue incapaz de detenerse a sí misma, simplemente se dio la vuelta, ignorando la luz verde que había comenzado a brillar en el semáforo y clavó la mirada en la de Dylan Malone, que estaba sentado en el césped y le sonreía con socarronería.

El grupo de chicos se alborotó con su atención, todos excepto él que se limitó a mantener la sonrisa ladina, reclinarse hacia atrás y apoyar los codos en el suelo.

—Atento, parece que tu proposición le interesa—Matt Harris lo palmeó en la espalda.

Dylan amplió la sonrisa y ladeó la cabeza.

—¿Es eso cierto, chica? ¿Quieres que te coma? —inquirió con toda la desfachatez que lo ponía en el podio de los más descarados del pueblo.

Maya se sonrojó pero no se dejó intimidar.

—Ten cuidado, chico—espetó con sorna, tratando de imitar su tono burlón y la forma en la que alargaba las vocales—, pretendes morder más de lo que puedes tragar.

Las risas no tardaron en levantarse sobre el aire húmedo de junio.

Dylan Malone, el chico malo de Lodden, conocido por robar y estrellar el coche del director Benson contra el muro de concreto del cementerio local, asintió lentamente con la cabeza viéndola marchar. El cabello negro azabache adquirió tonos azulados con el movimiento y los ojos grises, oscuros y llenos de secretos, resplandecieron con el sabor del desafío.

Maya acababa de retar a un pecador y no sabía si al final podría ganar la partida.

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Aquella noche Maya no durmió bien.

No ayudó a su deteriorado ánimo el tono de voz rencoroso con el que le hablaba Amanda, o la mirada constante que le clavaba Adam cada poco tiempo, como si temiera que fuera a desaparecer de un momento a otro.

Maya dio vueltas en la cama tapándose y destapándose una y otra vez. El reloj que colgaba de la pared celeste de su dormitorio no paraba de acelerar el ritmo, empecinado en robarle las pocas horas de sueño que le quedaban. La luz de la pequeña pecera donde Kiko y Mozzarella  nadaban pacíficamente se reflejaba en el espejo, incomodando sus ojos cansados.

Se le pasó por la cabeza utilizar un par de píldoras para el insomnio, de las que le había recetado el doctor Grimmes después de la muerte de Jim, pero ni siquiera tenía ganas de caminar hasta el baño. Prefirió observar los adhesivos con formas de estrellas verdes fluorescentes que estaban pegadas al techo de la habitación.

Supuso que en algún momento debió quedarse dormida, porque lo siguiente que vio fue la luz del amanecer despuntando en el horizonte.

Maya se vistió en silencio con el chándal viejo del instituto. En la pantalla de su teléfono móvil resaltaban los avisos de todos los mensajes que había recibido por parte de Nel y que, por ahora, no pensaba contestar.

Todavía le escocía el único que se había dignado a leer:

¡Mi madre me ha prohibido volver a verte!

De pie frente a la ventana de la cocina, se sirvió un cuenco de cereales con formas de dinosaurios, de los que Adam había estado exigiendo, y luego salió al porche y se sentó en la escalera. El viento olía a romero y a tierra húmeda por el rocío de la mañana, y los pájaros entonaban un desordenado cántico entre los árboles. Una veleta en forma de calesa giraba suavemente sobre el tejado rojizo de la familia Williams.

Maya recordó sin previo aviso la estúpida frase de Dylan Malone.

—¿Es eso cierto, chica? ¿Quieres que te coma?

Bufó con aires remilgados y se cruzó de brazos.

Hasta el día anterior, nunca había tenido contacto directo con Dylan. Él era un año mayor que Maya y hacía muy poco tiempo que había vuelto de donde sea que le hubieran mandado tras el incidente con el coche del director. Sabía que vivía con su tía Anne a las afueras, que había pertenecido al equipo de natación y poco más. Maya se preguntó los motivos que habría tenido Dylan para hacer tal cosa, luego se dijo a sí misma que no le importaba.

Se dedicó a pensar en Carl Scott. Ese sí que era un agradable camino por el que dirigir su azorada mente.

Carl era guapo, amable, interesante y divertido. Y no dedicaba su tiempo libre a beber cerveza con un grupo de neandertales juveniles. Ya podría ese creído de Dylan Malone aprender un poco de él.

La camioneta del sheriff apareció entre suaves ronroneos, era nueva y muy llamativa, de un color azul metalizado brillante e impoluto. Maya se puso en pie y lo saludó de buen ánimo.

La presencia de Carl, aunque fuera imaginaria, siempre le mejoraba el humor.

—Suba—la apremió Nick, inclinándose y abriendo la puerta del copiloto para ella.
Maya nunca se había detenido a pensar en lo joven que era White. Siempre lo había mirado a través de la apariencia estricta que le proporcionaba su cargo. Pero ese día sí que se fijó.

Lo observó de arriba abajo mientras calculaba su edad, treinta y muchos a lo sumo, decidió. Tenía un rostro agradable en el que destacaba la frente ancha y unas espesas pestañas más claras que su cabello rubio oscuro. Recordó los ojos negros y atentos de la noche en la que había ido a buscarla y que ahora se escondían tras las gafas de sol reflectantes. Mascaba chicle con despreocupación y vestía con colores que resaltaban el bronceado natural de su piel

Era visualmente muy agradable.

Cuando apartó la mirada de las repentinas virtudes de Nick White, se dio cuenta de que habían salido del pueblo. Estaban a un par de kilómetros de la gasolinera del norte de Lodden.

—¿A dónde vamos? —preguntó curiosa.

—Ya lo verá—le contesto ladeándose y presionando un botón de la radio.

Un grupo desconocido llenó con su música suave la cabina del automóvil dando por terminada la escasa conversación.

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Antes de poder reaccionar, Maya se encontró sola sobre un tramo eterno de carretera entre el puente que conectaba la autopista con Lodden y la gasolinera de los Connor, con un largo palo terminado en una afilada púa en una mano y una bolsa negra de basura esperando para ser llenada con todos los desperdicios que encontrara en la otra.

El sheriff White, perdiendo todo el encanto recientemente adquirido, le había entregado los utensilios de limpieza más una gorra desteñida, un par de guantes de tela y una bolsa de papel con una botella de agua y un emparedado de pollo en su interior.

—Que se divierta—había dicho antes de desaparecer en su resplandeciente camioneta.

Maya seguía estática en el lugar exacto donde había sido abandonada. Si en ese momento alguien le hubiera sacado una foto, bien podría haber remplazado al perrito de él nunca lo haría*.

Suspiró mirando a su desolado alrededor. Allá en el horizonte, justo donde la carretera se unía con el cielo despejado, el calor del día quemaba la poca humedad que quedaba del relente nocturno levantando hélices de vapor que empañaban el paisaje. A los lados se alzaban los espesos bosques de Lodden, pero sus anchas sombras perdían la batalla contra un sol cada vez más furioso.

Maya empezó a sudar cinco minutos después de comenzar con la tarea impuesta.

Nunca se había fijado en toda la basura que la gente dejaba tirada en las carreteras, era asqueroso. Encontró pañales sucios cubiertos de moscas, un montón de latas vacías, bolsas de plástico y papel, botellas, una cazadora de cuero agujereada, cristales rotos en los que prefirió no pensar y una surtida variedad de desechos sin nombre, pegajosos e informes.

Cada poco tiempo bebía un poco de agua y se secaba el sudor de la frente y la nuca, pero no era suficiente, se estaba derritiendo sobre sus destartaladas deportivas.

Un par de horas después decidió comerse el emparedado de pollo y queso que se había puesto caliente y correoso por el calor. Se sentó con la espalda apoyada contra un árbol y masticó despacio, tratando de controlar la somnolencia que poco a poco invadía su cuerpo exhausto.


Por supuesto si hubiera sabido que pasaría la próxima hora recolectando una colección monstruosa de condones usados, se habría pensado mejor lo del tentempié. 

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Nick White le echó una ojeada a su reloj digital y decidió que, por ese día, el castigo había terminado para Maya.

Había pasado la mañana en el minúsculo campo de golf privado del doctor Grimmes. Le gustaba ir allí durante los extraños momentos en que se veía libre de sus ocupaciones; era realmente alarmante la cantidad de trabajo que se podía acumular en un pueblo tan pequeño.

Entró en la casa, dejó los palos de golf y se dirigió hasta la cocina donde Susan Grimmes preparaba el almuerzo.

—¿Ya te vas? —preguntó ella sin mirarlo, cortando en trozos finísimos un manojo de zanahorias.

—Sí, tengo cosas que hacer. Saluda a Peter de mi parte—dijo recolocándose las gafas de sol.

—Espera, Nick—lo detuvo Susan avanzando hacia él mientras se limpiaba las manos en un paño de cocina. —Quería comentarte algo sobre Anne Cavanaugh, ¿la recuerdas?

Nick torció el gesto. —Es difícil olvidar a Anne.

Susan sonrió.

—El asunto es que el muchacho que estaba pintándole la verja de la casa se ha roto una pierna y necesita un remplazo urgente. Peter le prometió que haría correr la voz por el pueblo, así que si sabes de alguien a quien pueda interesarle…

Nick se apoyó contra la encimera de mármol. Una maléfica idea se estaba formando en su mente. Trató de disiparla, era incluso demasiado cruel, pero ¿no sería el castigo perfecto?

Cualquiera que tuviera que soportar a Anne Cavanaugh por casi tres meses olvidaría las ganas de cometer delitos.

O se rompería una pierna a propósito.

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CPM-Tex*: Al igual que Lodden y los nombres de los establecimientos locales, este correccional es inventado. Sería algo así como Correccional para mujeres-Texas.

Él nunca lo haría*: Anuncio sobre el abandono animal.
http://www.google.cl/imgres?hl=es&sa=X&biw=1280&bih=675&tbm=isch&prmd=imvns&tbnid=LHtHJmxV6X7vdM:&imgrefurl=http://www.forosdelmisterio.net/index.php

Gracias por leer. Espero recibir comentarios con lo que os va pareciendo la historia, son mi único pago.
Besos!









7 comentarios:

  1. Hola! Es un gusto poder dejarte un comentario aquí por primera vez, ya que sobre el primer capítulo comenté por facebook y no tuve tiempo de volver a comentar hasta ahora. Realmente me está gustado tu historia, me tiene muy intrigada, creo que a pesar de que sus personajes y situaciones parecen bastante sencillos (as) se está armando algo muy interesante, así que estaré pendiente de la actualización. Gracias por compartir tu historia.

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    1. De nada. !Gracias a ti por comentar y por leer! Me alegro de que te esté gustando. Y sí, sencillez es justo lo que buscaba. No me voy a meter con los grandes conflictos de la humanidad, lo que quiero es entretenerme escribiendo y hacer que la gente se entretenga leyéndome.

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  2. Wolassssss!!! ^^

    Por fin salio Dylan!!! Muchas gracias *o*. Aunque salio poquito me encantó su breve aparicion *o*.
    Pobre Maya, de barrendera. Pero bueno, podria ser peor XD.
    Me gusta mucho la direccion que va tomando todo ^^.

    Ciaooo!!

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    1. Y va a salir más, no te preocupes. Gracias! Besitos.

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  3. Muy buena historia...realmente me has intrigado. Ya salió Dylan! Bueno ahora comenzará el castigo de Maya u_u Sigue adelante!

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  4. Hola guapísima!, me pasaba por aquí para ver que tal estabas, saludarte, y de paso, pedirte el favor de que te hagas eco de esta promoción, si no es mucha molestia (tus compis del club y yo, te estaríamos realmente agradecidas):

    http://elclubdelasescritoras.blogspot.com.es/2012/11/pasion-de-navidad-promocion-y-fecha-de.html

    Saludos y hasta otra!, muak!

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