viernes, 19 de octubre de 2012

Dulces consecuencias: capítulo uno











Los gritos de Adam retumbaron por toda la casa, volvía a estar enfadado durante el desayuno.

—¡Pero yo no quiero tostadas! ¡Odio las tostadas! Yo quiero los cereales que come Tommy Kuhn, los del dinosaurio—chillaba sentado frente a una pila de pan dorado, con las pequeñas manos empuñadas contra la mesa y las piernas colgando a pocos centímetros del suelo.

Maya Conelly, que había estado a punto de entrar en la cocina, se sentó al pie de la escalera y observó la escena a través del recargado espejo que colgaba de la pared del recibidor. Adam había cumplido los ocho años en abril pero últimamente se comportaba como alguien mucho más pequeño, absorbía toda la atención de su madre y estaba teniendo grandes problemas en el colegio.

—No he podido hacer la compra Adam—le contestó Amanda, su madre, con ese tono resignado y fatigoso que usaba en los últimos días, dejando un tazón de leche frente a él.

Maya estaba preocupada por ella. Desde que Emily Marshall había renunciado a su puesto en la consulta del doctor Grimmes, Amanda hacía doble turno y tenía profundas ojeras grisáceas para demostrarlo. Aun así no llegaban a fin de mes y las facturas se acumulaban sobre la mesa del salón como las hojas secas en otoño.

—¡Qué la haga Maya!—insistió Adam mohíno. Tomó un pequeño sorbo de leche y lo escupió sobre el plato—¡Esto sabe a pis!

Maya no pudo soportarlo más, entró a la cocina y lo fulminó con la mirada.

—No vuelvas a hacer eso, Adam. Es asqueroso.

Adam bajó la cabeza con la barbilla temblando y Maya sintió una punzada de culpabilidad al intuir lo que estaba pensando. No había nada que su padre odiara más que los malos modales en la mesa; pero Jim Conelly no estaba allí para verlos ni tampoco para regañarlos, había muerto y todavía no lo perdonaba por ello.

—Adam, ve a lavarte los dientes o llegarás tarde de nuevo—interrumpió Amanda, que había observado la escena en silencio.

Maya ocupó un asiento libre y sacó una tostada del fondo del plato, de las que no habían sido rociadas con la saliva de su hermano.

En otros tiempos su madre habría comenzado con interminables preguntas acerca de cada pequeño aspecto de su vida pero, otra vez, las cosas habían cambiado y Amanda ya no tenía tiempo ni ganas para charlar.

Maya comió despacio mientras miraba por la ventana.

Lodden volvía poco a poco a la vida y los vecinos se preparaban para otro largo día bajo un sol cada vez más cálido, las campanas de la iglesia católica llamaban a la misa matutina, el tractor del señor Murray iba de aquí para allá en torno a las nuevas casas del valle y el cartero estaba a punto de pasar.

Maya recordó sus antiguas fantasías de escape. Ella quería viajar por el mundo: probar platos exóticos en la India, comprar zapatos en Saint-Tropez, bailar en Río de Janeiro, enamorarse en Roma y pasear por los viñedos de la Toscana con el sol calentándole la espalda y el dulce olor de la uva alrededor. Sobre todo deseaba hacer fotos, fotos y más fotos de todas las maravillas que iría encontrando a su paso.

Un simple desgaste en los neumáticos había tirado por tierra todas sus ilusiones, transformándolas, irónicamente, en un deseo casi obsesivo de permanecer intacta en el tiempo y así conservar los recuerdos de su padre. Jim tenía cabida en un mundo donde Maya aún era pequeña e ingenua, una simple muchacha de pueblo, pero no podía imaginarlo al lado de una versión adulta de sí misma. Estaba segura de que los pequeños detalles que atesoraba celosamente, como el olor de su colonia o la forma en la que apretaba los labios cuando Adam hacía alguna travesura, se evaporarían si se marchaba. Irse de Lodden sería en parte como volver a perder a su padre, como volver a enterrarlo.

Maya sabía que no podría soportarlo.

Bebió un sorbo del tazón casi intacto de Adam y se puso de pie incómoda. Amanda seguía estática en su posición, dándole la espalda y en silencio.

—Eh. ¿Mamá? Ya me voy—anunció tirando del pañuelo azul que llevaba en torno al cuello.

Dudó un instante y después se giró para irse. Había llegado a la puerta cuando Amanda reaccionó por fin.

—Maya, yo…—murmuró con un hilo de voz.

Maya la observó anhelante. Hacía mucho tiempo que su madre no la miraba de esa manera tan…intensa, como si quisiera leerle la mente a pura fuerza de voluntad.

—¿Sí? —la apremió dando un pequeño paso al frente.

—¿Podrías hacer tú la compra?

Maya suspiró y bajó los hombros imperceptiblemente. Por un instante había pensado que algo grande iba a pasar, no esperaba una petición tan mundana.

—Sí, claro. ¿Tienes una lista?

—No, la verdad es que no. Pero ya sabes más o menos lo que necesitamos—contestó Amanda, evitando volver a encontrarse con los ojos pardos de su hija.

Sí, claro que sabía lo que necesitaban, pensó Maya, una buena dosis de dinero en efectivo, el regreso a la normalidad y que Jim jamás hubiera muerto.

—Vale—se limitó a decir.

Amanda rebuscó dentro de su bolso y sacó un antiguo monedero de imitación en piel, pero aunque trató de evitarlo, Maya pudo ver su contenido: vacío a excepción de un único billete de cincuenta dólares, y solo estaban a mitad de mes.

En ese momento Adam bajó a saltos la escalera, sobresaltándolas.

—¿Nos vamos ya o qué? —exigió todavía enfurruñado.

—Sí—murmuró Maya, apartando la mirada de su madre y encaminándose con rapidez hasta la calle.

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El instituto Saint Thomas se alzaba sobre una de las altas colinas de Lodden, la luz del sol matutino lo hacía resplandecer contra el horizonte montañoso; las sombras de los altos robles locales lo protegían del excesivo viento del invierno y lo convertían en un refugio fresco y seco durante el verano. De pequeña, Maya solía tumbarse sobre la basta extensión de tierra fértil donde estaban aposentados los dos sencillos edificios que componían el Saint Thomas  y mirar el despejado cielo azul hasta que le dolían los ojos.

Pese a la humildad de la construcción, Maya siempre se había sentido extrañamente intimidada por el aire sacrosanto que se respiraba en los fríos pasillos de piedra blanca o bajo las altas columnas calizas que enmarcaban las puertas principales. Sabía que tenía que ver con el hecho de que ella conocía la historia del edificio, que había sido un convento hasta los años setenta, y no con sus casi nulas creencias religiosas.

El dueño del St. Thomas  había decidido remodelarlo tras el cierre y convertirlo en el refugio de los casi cuatrocientos jóvenes en edad escolar de Lodden.

Maya adoraba el lugar. 

Tenía un álbum entero dedicado solo a los exteriores; le encantaba el contraste entre lo nuevo y práctico y lo antiguo y solemne, como por ejemplo la diferencia entre la reciente pintura blanca de la fachada contra la piedra gris que rodeaba la mitad inferior. Habían conservado los vitrales de colores y Maya había dedicado una página entera del álbum a retratar su área favorita: un enorme vitral formado por diminutos cristales verdes, naranjas y amarillos que representaba a la virgen con el niño entre sus brazos, la cual reinaba sobre las puertas de los jardines.

Sin embargo, la escena que tenía ante sus ojos en ese momento no iba para nada con la historia del instituto.

Stella Donovan y Derek Sinclair se comían a besos en el aparcamiento, semi escondidos entre la camioneta del chico y el nuevo Toyota del señor Benson, el director del centro. Las manos de Derek subían disimulada e inexorablemente bajo la falda del uniforme de Stella, revelando las ligas con forma de lazo rojo que acostumbraba a usar.

Maya había escuchado las razones de Stella para llevar prendas de lencería fina al instituto, y prefería no repetirlas ni siquiera mentalmente, gracias.

—Qué envidia—dijo una voz soñadora a su lado. Nel Molina acababa de llegar.

Maya puso los ojos en blanco y sonrió.

—Asco.

Nel dejó escapar un gritito indignado y se apartó la larga melena negra del hombro, revelando la piel tersa y bronceada de su cuello.

—¿Asco? —repitió siguiéndola hacia la entrada. —¡Por favor! Imagínate a ti misma en el papel de Stella y a Carl Scott como Derek. ¿No crees que la escena cambia un poquito?

Maya se mordió el labio inferior con picardía. Sí que cambiaba, sí.

Carl Scott era el chico por el que llevaba suspirando desde que descubrió que existían los besos con lengua. Adoraba la forma en la que Carl siempre sonreía, como si no hubiera nada lo suficientemente malo en el mundo para enturbiar su resplandeciente humor. Tenía ese tipo de cuerpo que exige una disminución de ropa urgente y su cabello rubio brillaba sobre un rostro digno de las mejores galerías de arte.

—Hablando del rey de Roma…

Carl apareció al final del pasillo acompañado por dos de sus compañeros de natación. Tenía el pelo mojado y la chaqueta azul marino con el logo del St. Thomas colgando de uno de sus musculosos hombros.

—¿Crees que este año pasarán de las semifinales?—preguntó Nel lanzando una mirada disimulada a los nadadores estrella del instituto.

Maya abrió su taquilla y descargó un par de pesados libros de matemáticas.

—Por supuesto—aseguró.

Era obvia la mejoría del equipo de natación con los nuevos fichajes del año y había llegado la hora de que rompieran con la maldición de los segundones, como llamaban al alarmante hecho de que jamás habían pasado de esa etapa o ganado un campeonato.

—Y supongo que tú estarás en primera fila para animar a los campeones—bromeó Nel agitando un par de pompones invisibles.

Maya la golpeó con el libro de historia—Cállate.

—Oh, oh ¡no deberías haber hecho eso! —advirtió, antes de agitar las espesas pestañas con malicia y llamar a Carl a gritos. —¡Carl, eh, Carl!

—¡No! —siseó Maya sintiendo su estómago burbujear de anticipación. Trató de detener a Nel pero era tarde, Carl Scott las había visto y avanzaba con su caminar despreocupado hacia ellas.

—Buenos días, chicas—saludó sin dejar de sonreír. —¿No es genial? Solo quedan tres días, diez horas y dos minutos para que terminen oficialmente las clases.

—Sí, genial—asintió Maya.

Nel puso los ojos en blanco.

—Maya y yo estábamos hablando de la fiesta de final de curso. ¿Se hará en la parte de atrás, verdad?—preguntó sabiendo la respuesta, refiriéndose a las grandes hectáreas de césped natural que hacían de jardín del instituto y que eran conocidas por todos como la parte de atrás.

—Como siempre—adujo Carl, cabeceando. Se rascó la nuca aparentemente incómodo y continuó, —así que, ¿te veo allí Maya?

—Claro—aceptó ella con demasiado entusiasmo incluso.

—Es una cita.

Nel fingió desmayarse contra su taquilla, por suerte se recompuso antes de que Carl se despidiera, volviendo a dejarlas solas.

—De nada—cantó, rodeando el brazo de Maya con el suyo.

—No pienso darte las gracias por casi provocarme un infarto.

Nel la empujó con la cadera y sonrió juguetona, tirando de ella hacia la primera clase del día.

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La profesora Olsen había vuelto a aparecer en clase vestida de bufón.

Maya se preguntaba qué pasaría por su cabeza al mirarse al espejo todas las mañanas. ¿No se daba cuenta de que mezclar un pantalón ancho con un monstruoso estampado de cuadros rojos y verdes, sandalias azul eléctrico terminadas en punta y una camisa de rayas grises no era lo más adecuado a no ser que aspiraras convertirte en la broma del instituto?

Nel, sentada a su lado, no podía apartar sus grandes ojos negros de la profesora. Su expresión era tan cómica-una mezcla de horror y fascinación-que Maya había optado por no mirarla.

No quería echarse a reír en medio de una clase de literatura. 

Además del pintoresco atuendo, que ayudaba a distraer a las masas, había una sensación de expectación en el aire; una espesa niebla invisible que se cernía sobre las cabezas de los veinticinco alumnos.

Era el efecto fin de curso.

Lo que suponía que si, en ese mismo instante, la profesora Olsen hubiera anunciado un examen sorpresa de lo que había estado explicando durante los últimos cincuenta minutos, tendría entre sus nudosas manos un suspenso general.

La última semana de curso parecía cantar en el oído de los estudiantes, distrayéndolos, llamándolos a todo un verano de libertad, tentándolos con planes entre semana y largas horas de sueño. Cada poco tiempo miraban sus relojes, y después la puerta de salida con un suspiro de puro anhelo. Había un sabor dulce en el aire cálido de junio, que permanecería intacto hasta los primeros días de septiembre.

—…y como sé que están deseando conocer las notas finales, dedicaré los últimos minutos de clase a entregarlas —. El anunció cayó como un jarro de agua fría.

¿Cómo lograba alguien ser tan cruel? ¿No podía esperar un poco más y dejarlos fantasear con ese suficiente raspado que las salvaría de la recuperación en septiembre?

—Maldita—masculló Nel por lo bajo. La literatura no era lo suyo.

La profesora se apoltronó detrás de su escritorio y observó a los estudiantes por encima de sus anticuadas gafas de carey. Sonrió antes empezar a relatar, en voz alta, los resultados del año escolar.

Pronto la clase se llenó de gemidos y grititos de pánico.

—¿Le disgusta su nota, señorita Anderson?

Lanna Anderson la miraba con terror.

—No debería sorprenderla—dijo Olsen y continuó con la lista. Una suave sonrisa tiró de las comisuras de sus apretados labios cuando llegó al apellido de Maya. —Nueve y medio, sobresaliente. Muy bien, Connelly—la felicitó con evidente orgullo.

Maya se fingió muy interesada en su descascarillada pintura de uñas.

Le gustaba obtener buenas notas, sobre todo en su asignatura favorita, pero ser la preferida de amarguras-Olsen podía convertirla en una apestada social.

Nel bufó por lo bajo.

—A veces te odio profundamente, ¿sabías? —le dijo, mirando con asco a la profesora que en ese momento estaba anunciando su modesto cinco.

Maya se encogió de hombros con modestia—¿Vendrá tu madre a buscarte? —preguntó en voz baja, cambiando de tema.

—Hoy no, tengo clase de cerámica. Pero podemos quedar más tarde si te apetece.

Maya torció el gesto y negó con la cabeza.—No puedo, tengo que hacer la compra y obligar a Adam a que limpie su habitación.

Nel le sonrió con cara de circunstancia. Ambas conocían lo suficientemente a Adam como para saber la tarde infernal que le esperaba.

—Pueden ir recogiendo y que tengan un buen verano—anunció la profesora Olsen en ese momento con una sonrisa mordaz.

La campana ahogó la ácida réplica de Nel.

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El final del día sorprendió a Maya en la biblioteca. El profesor de español había decidido, en un ataque de bondad repentina, dejarles el resto de la hora libre para que pudieran ocuparse de sus propios asuntos. Maya se dedicó a limpiar su atestada taquilla y al final se dio cuenta de que todavía conservaba un par de ejemplares de consulta que pertenecían a la biblioteca.

Tras pagar la multa por retraso salió al pasillo y se apoyó contra la pared para esperar a Nel.

Su mente volvía una y otra vez a la mueca de cansancio de su madre.

¿Serían imaginaciones suyas o, bajo todo ese agotamiento, bullía algo más grave?

Maya ni siquiera quería pensar en las posibilidades.

Desde la muerte de Jim se había vuelto hipersensible con el tema muerte. Una semana después del entierro se encontró a sí misma devorando una enciclopedia médica sobre enfermedades comunes y cómo evitarlas. Y un par de días más tarde obligó a su madre a que le hiciera una revisión completa al coche que habían tenido que comprar tras el siniestro total de la antigua camioneta familiar. El problema era que ninguna dieta sana o rutina diaria de ejercicios podía protegerte de un choque frontal contra un árbol. Tampoco de la devastación que provocaba la visión de un ataúd cerrado, con el cuerpo destrozado de un ser querido en su interior.

Maya levantó la vista del suelo y se encontró de frente con su propio reflejo en el cristal de la puerta del director Benson.

Tenía los ojos acuosos, el ceño fruncido y las comisuras de los labios inclinadas hacia abajo. Trató de recomponerse un poco, repasando sus conocidas facciones como un mantra.

Cabello castaño oscuro, rizado y grueso, ojos pardos, ni marrones ni verdes, labios carnosos con un gracioso doble arco superior y piel blanca con toques melocotón en las mejillas.

Solía gustarle su aspecto, sobre todo el tono caprichoso de sus ojos cambiantes, que eran idénticos a los de Jim. Sin embargo, ahora le resultaba doloroso incluso pensar en aquellas semejanzas.

Maya se sobresaltó cuando la puerta de la oficina principal se abrió de golpe y el rostro rubicundo del director Benson remplazó el suyo propio.

—Señorita Conelly—saludó al parecer sorprendido también. —Qué casualidad, con usted precisamente quería hablar—murmuró con ese tono agudo tan característico y que no iba nada con su seca personalidad. Era el tipo de hombre que se quebraría antes de doblarse.

Maya dudó antes de seguirlo al interior de la oficina.

La ventana, encallada entre un par de elegantes estanterías, arrojaba un charco de luz brillante sobre el recio escritorio del director, y esa era la única luz disponible. Entrar allí provocaba la misma sensación que acceder a la cueva de un oso hambriento.

—Tome asiento, por favor.

Maya lo hizo con aprensión, no sabía qué esperar y eso la ponía nerviosa. Si esto tenía que ver con otra de las travesuras de Adam, ella…

—¿Tienen problemas en casa, señorita Connelly?—espetó de pronto, cortando de raíz sus divagaciones.

Carraspeó incómoda, la había pillado con la guardia baja, cosa que seguramente pretendía.

—No—contestó en voz baja. El director enarcó una ceja, escéptico —. No, ningún problema—repitió, ésta vez con más fuerza—. ¿Por qué?

El señor Benson suspiró sonoramente y comenzó a rebuscar entre los papeles de su escritorio. Después de un momento le entregó una carpeta de plástico azul transparente.

—Esos son los últimos recibos de pago del colegio, Conelly. ¿Nota usted algo extraño?

Por supuesto que notaba algo extraño, pensó, acariciando el papel con la yema del dedo. La palabra impago destacaba en rojo justo al lado de los últimos tres meses escolares y parecía tragarse el resto de la pulcra caligrafía, como una especie de obsceno insulto.

—He tratado de ponerme en contacto con su madre pero al parecer hay algún tipo de problema con las líneas de teléfono de su casa.

Maya tragó saliva. El único problema era que les habían cortado el servicio telefónico la semana anterior.

—¿Tiene algo que decir al respecto, señorita Conelly?—insistió, escrutando el rostro enrojecido de Maya.

Ella era incapaz de hablar. ¿Qué podía decir, que pagarían? No lo sabía con seguridad y su madre tampoco había comentado nada al respecto.

—Si la deuda no queda cancelada a finales de este mes, tendrán que buscar otro centro escolar para el año que viene—advirtió entrelazando sus dedos regordetes.

Maya se las arregló para asentir y antes de que el señor Benson pudiera agregar nada más y terminarla de hundir en la miseria, escapó de la oficina.

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Lodden era un pueblo muy surtido para su escaso tamaño y población. Había una pequeña escuela de arte en el mismo centro, con vista al lago del cuidado parque principal en el que se podían alquilar bonitas barcas de remos durante el verano. En la zona sur estaban asentados casi todos los comercios: el supermercado familiar Li, la librería, el restaurante de pueblo y dos oscuras tabernas para mayores de dieciocho años. Tenían dos gasolineras en los extremos opuestos de Lodden, justo antes de las entradas; lo que no era muy conveniente, según pensaba Maya, para los turistas. Además de todas las diminutas tiendas de regalo y las tres boutiques  de ropa y complementos, había también una biblioteca tan antigua como ajada. La dueña se resistía a conseguir nueva mercancía, sin embargo era un buen lugar donde buscar información: allí guardaban todos los periódicos locales de los últimos ochenta años.

Maya aparcó frente al supermercado y bajó del antiguo Audi recientemente adquirido. 

Mientras caminaba hacia las puertas automáticas repasaba mentalmente la lista de la compra y no le salían las cuentas. Además de toda la comida y los útiles de aseo necesitaban gasolina, una nueva cortina para el baño y una funda plástica que cubriera la deteriorada tapicería del sofá.

Eso sin contar con las facturas atrasadas de la luz, el gas y, Maya no podía olvidarlo, del instituto.

Saludó de paso al señor Li, sacó la calculadora de su bolso rojo y comenzó a llenar el destartalado carrito metálico con las marcas blancas que tanto odiaba Adam. Presionaba las teclas de una calculadora de mano con cada adquisición y su ceño se volvía más y más profundo conforme el precio del conjunto aumentaba.

La advertencia del señor Benson colgaba delante de sus ojos, enrareciendo el aire que respiraba, taladrándole la cabeza.

—¿Tiene algo que decir al respecto, señorita Conelly?—recordó al girar por el pasillo central y volver al inicio del supermercado, donde apilaban los paquetes de papel higiénico y la comida para gatos.

Maya sabía que la situación económica familiar no era boyante precisamente. Pero entender que la ruina total acechaba detrás de la puerta era otra cosa, una horrible. Había pensado en buscar un trabajo durante el verano; ahora sabía que eso no era una posibilidad, sino una urgencia.

Giró el carrito en paralelo a una de las estanterías y cuando fue a coger uno de los paquetes del estante superior, rozó con las rodillas un montón de latas Whiskas*, que se cayeron al suelo estruendosamente. Maya se agachó a recogerlas y fue en ese mismo momento en que la vio.

La caja registradora del señor Li estaba simplemente allí, abierta y a la vista; esperando por una mano lo suficientemente rápida y los fajos de billetes de la recaudación diaria sobresalían por el borde.

La imagen del monedero vacío de su madre se hizo fuerte en la cabeza de Maya, que se incorporó como en trance y tragó saliva.

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El enérgico señor Li salió del baño con una mueca de dolor en su apergaminado rostro. Estaba padeciendo una terrible infección de orina y cada visita al inodoro suponía una pequeña tortura personal. Su esposa insistía en que fuera a visitar al doctor, pero él se negaba en redondo a entrar a la consulta de uno de esos matasanos aprovechados, como le gustaba llamarlos.

Rescató la bolsa de patatas fritas a la vinagreta que había estado comiendo y se desplomó contra la silla sobre la que atendía a su clientela.

Había pasado la última hora cuadrando la caja de la recaudación, era su parte favorita del día, o más bien la única que disfrutaba realmente. Le gustaba el olor del dinero, el color y hasta la textura granulosa y exigua. Él era un hombre de números y se sentía orgulloso de ello.

Su rostro cambió de color cuando observó los compartimentos impolutos de la caja registradora, estaban absolutamente vacíos. Sus ojos rasgados fueron desde el carrito metálico abandonado contra las estanterías, hasta la cámara de seguridad que parpadeaba con inocencia sobre las puertas automáticas.

Antes de poder comprender realmente lo que había pasado, se puso el auricular del teléfono el oído, marcó y esperó.

—Policía ¿en qué puedo ayudarle? —contestó la operadora del otro lado de la línea.
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Whiskas*: Marca de comida para gatos.

!Comentar es gratis!
Gracias por leer.
Y gracias a Eri Castelo y Ele GL por toda su paciencia al betearlo.


13 comentarios:

  1. WOW simplemente WOM
    Me ha gustado muchísimo, una historia con sentido, y que muestra en si una parte de la situacion que muchas personas viven.
    Realista esa es la palabra
    Felicidades chica!
    Tienes un montón de talento, espero con ansias el próximo capitulo

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  2. Gracias por dejarnos apreciar tu histri sin darte mas a cambio q comentarios! EScribes muy bien y me ha gustado

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  3. Wolas!!!

    Me ha encantando *o*. En serio, el capi esta genial. Aunque Maya y Amanda me dan un poquito de pena. Espero que salga pronto "el chico malo", son los mejores XD.

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    1. Pronto saldrá Dylan. Y sí, son los mejores ¿por qué será que gustan tanto? No me lo explico...

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  4. ¡Oh! Ya está aquí, que ya lo sabes que me encanta esta historia. Y es un placer ayudarte.

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    1. Awww al final me vas a hacer llorar, gracias linda!

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  5. Sencillamente hermoso, tarde mucho en entrar y leerte, sin embargo me encanto!
    Te quedo divino. Pobre Maya... Muero por leer el próximo capítulo.

    Felicidades!!

    Dulces Consecuencias, será un rotundo éxito cariño. Te quiero mucho!!

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  6. Sencillamente hermoso, tarde mucho en entrar y leerte, sin embargo me encanto!
    Te quedo divino. Pobre Maya... Muero por leer el próximo capítulo.

    Felicidades!!

    Dulces Consecuencias, será un rotundo éxito cariño. Te quiero mucho!!

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  7. Hola! ¿cómo estás?
    Primeramente mis más sinceras felicitaciones. El capítulo es precioso, y esta demasiado bien narrado :)
    Leeré el próximo, éxitos, y adiós.

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    1. Muchas gracias! Me alegro de que te guste.

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